Hombrecillos verdes
Una visita en clave de humor a las imágenes clásicas de la ciencia ficción.
lunes, octubre 29, 2007
Antinfierno.
Comenzamos la reunión con el "Tengo que vivir para Satán". Coreábamos como borregos los compases machacones y cacofónicos que salían del viejo tocadiscos, de los altavoces metálicos y abollados que chirriaban desde las paredes sucias y grises, mientras el Daimon Dioniso nos vigilaba desde el umbral, con su habitual expresión de hastío. Pronto, si había suerte, se iría a la Antisacristía, a hacer sus cosas. Mientras, los discos de 45 revoluciones se sucedían uno tras otro, puestos y quitados diligentemente por Samael, que como era el mayor de nosotros y el más pelota, ya había alcanzado el grado de Íncubo y el Daimon le dejaba ayudar en las Misas Negras.

A "Tengo que vivir para Satán" siguió "El es el malvado, el Cristo Infernal", "Mi dulce Satán, ningún otro ha llegado a mi camino", "Satanás, Satanás, Satanás... él es el Dios, ... él es Dios... él es Dios", "Oh Satán, tú eres el que está brillando... muros de Satán... muros del holocausto... yo sé que es a tí a quien amo"... El aire se iba cargando con el olor a azufre de todos nuestros cuescos, sin ventana que se abriera, sin cambiar la expresión, en posición de firmes, sin descanso, sin pausa, sudorosos e incómodos, sin atrevernos a volver la vista a ver si el Daimon se marchaba de una vez y podíamos, por fin, relajarnos un poco.

Al fin, Samael, que podía divisar la puerta y parte del pasillo desde la mesa donde estaba el tocadiscos nos hizo la primera señal: "estamos solos, relajaros, pero sin ruido". Nos desperezamos silenciosamente, pero sin movernos de nuestras marcas en el pavimento, y fuimos dejando de cantar gradualmente mientras Samael, astutamente, subía aún más el volumen de los himnos al Maligno para equilibrar el descenso de nuestras voces, y se deslizaba como una serpiente, poco a poco, hacia la puerta de la sala buscando un ángulo mejor para observar el corredor de la Antisacristía.

-Se ha encerrado, y ha puesto la luz del rincón. En diez minutos se habrá bebido toda la Sangre de la Misa y estaremos a gusto por un rato. Sentáos en el suelo si queréis, que vamos a variar un poco el menú. Pero, ¡me cago en Belcebú, no hagáis ruido!- dijo Samael, sonriendo altivo como un maestro de ceremonias, como un mago, mientras comenzaba a ejecutar su truco, el que había descubierto días antes, y que todos esperábamos ansiosos.

En pocos minutos había invertido los engranajes del tocadiscos, y empezó el nuevo concierto. Entretanto, las luces del Daimon Dioniso se habían apagado: podíamos estar tranquilos un buen rato. Escondimos los cigarrillos, las fustas, los puños de herraje y los falos de goma obligatorios y sacamos de nuestros escondrijos caramelos, mandarinas y refrescos sin alcohol. Samael desconectó los altavoces de la pared, dejando sólo el del tocadiscos. Comenzaba la fiesta.

Escuchamos Starway to heaven, de Led Zeppelin, Another one bites the dust, de Queen, Lucy in the sky with diamonds, de los Beatles, Anthem, de Rosh, Un precio por pagar, de Alan Parsons; el ambiente se fue distendieondo hasta relajarse completamente. Sentados todos alrededor del tocadiscos, encendimos los mecheros de mortificación, esta vez para quemar nada más que aire, para hacer algo todos a la vez, todos juntos. Las luces trémulas iluminaron suavemente un paisaje de muchachos en paz, en amistad y armonía, secretamente libres.

Tan tranquilo y confiado me sentía que me atreví a hablar, a dirigirle la palabra a Samael, a un Íncubo que apenas era mayor que nosotros, pero que tenía sobre nuestros destinos un poder omnímodo, del que no tenía que dar explicaciones.

-Samael, ¿cómo descubriste que los discos de loas a Satán, reproducidos al derecho, tienen música de rock and roll?

-No lo sé- se dignó contestarme- llámalo casualidad, o tal vez obedecí una extraña voz que venía de mi interior. Porque, ¿sabes una cosa?, eso de que las tentaciones, de que las cosas que uno tiene verdaderas ganas de hacer pero están prohibidas porque son buenas, o si quieres, malas, son como voces que vienen de arriba es una patraña. Llámalo voces, si quieres, pero vienen de dentro.

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escrito por Ignacio Egea @ 8:03 p. m.  
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