Hombrecillos verdes
Una visita en clave de humor a las imágenes clásicas de la ciencia ficción.
lunes, noviembre 20, 2006
Principio de incertidumbre.
Paseo por las calles, y observo. Observo cuando subo al autobús, cuando viajo en tren, cuando me siento en un banco y veo pasar a la gente, cada una en lo suyo. ¿Me equivoco cuando veo que la actitud general ha cambiado, que un aire casi imperceptible de respeto y convivencia se respira por doquier?

Cuando era más joven, recuerdo que la gente andaba a toda prisa y se empujaban unos a otros sin ningún respeto. Los ancianos caían al suelo cargados, sin nadie que los atendiera. Los coches no cedían el paso a los peatones, y los intimidaban con el claxon, y hasta con acelerones súbitos que amenazaban con el atropello. Cuántas veces me he visto impulsado a tomar partido por el débil, el indefenso, pese a
saber que me exponía a meterme en problemas con mi aspecto tan poco impresionante.

Si increpabas a cualquier automovilista su actitud, podías ser insultado, y hasta agredido. Bandas de gamberros se enseñoreaban de la ciudad y marcaban su territorio con miradas amenazadoras, con sprays de pintura, con neumáticos quemados, con burlas e insultos a voz en
cuello. Cualquier matón se te adelantaba en una cola y te hacía callar con un mal gesto. He vivido, en cierto modo, en una torre de marfil; paseaba de un lado a otro, distraído, envuelto siempre en mis ensoñaciones teóricas, y a pesar de todo no podía evitar percatarme de todas estas lacras, que ahora casi nunca encuentro. La gente se ha vuelto correcta y amable, y nadie falta al respeto a sus semejantes, ni es impertinente de un modo llamativo, ni grita, ni hace ruido.

Soy matemático, y sé lo poco sólida que puede ser esta hipótesis, tal vez una mera impresión subjetiva, una ilusión debida a este cambio de mis circunstancias personales. Soy físico nuclear, y sé que el mero hecho de observar un fenómeno lo altera irremisiblemente. Pero desde que aquel accidente en el laboratorio Gamma me convirtió en un gigante verde invulnerable de tres metros de alto y dos toneladas de masa, que puede doblar una viga de acero con las manos desnudas, me tomo la vida con más calma, doy largos paseos en busca de paz y soledad, y tengo tiempo para fijarme más en las cosas.

Y no lo puedo demostrar, pero observo que la actitud general ha cambiado mucho, y para bien.

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escrito por Ignacio Egea @ 2:56 p. m.  
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