Hombrecillos verdes
Una visita en clave de humor a las imágenes clásicas de la ciencia ficción.
domingo, octubre 08, 2006
Ojo con los móviles (pastiche victoriano)
Este cuento es el colofón humorístico al relato de horror del mismo nombre publicado en Terra Incognita.


-Un caso cruel, sin duda, Watson.

-Estoy horrorizado, Holmes. ¿Está usted seguro de que no fue un accidente?

-Sin lugar a duda. El diseño de este colorido aparato engañosamente agradable a la vista de un niño revela una intención diabólica, una cuidada disposición de los pesos para que las partes aguzadas caigan de forma asesina sobre la cuna. No estaba claro hasta ahora quién había producido y distribuido cientos de estas trampas mortales por todos los mercados de juguetes de Londres, de Portobello Road a Brick Lane; pero ya no dudo más.

-Entonces, ¿se afirma en incriminar al respetable artesano relojero Herbert E. Rodhes, proveedor de la Real Casa?

-Sí. El verdadero desencadenante de la tragedia es un minúsculo mecanismo de una fantástica complejidad que causa la rotura del enganche cuando un sonido de una agudeza parecida a la del llanto de un niño alcanza cierta intensidad, y sobre todo, se manifiesta durante más allá de una cierta duración a lo largo de un día. Un mecanismo así desafía en complicación y adaptabilidad a la mentada "machina analythica" del profesor Babbage, de la Royal Society, y es mucho más pequeño y fiable; podemos evaluar en media docena las personas en toda nuestra isla con la competencia técnica suficiente para pergeñar algo así, tal vez muchas menos, y la manufactura de estos objetos es evidentemente británica.

"Nuestro círculo de sospechosos es sumamente reducido, Watson. Y en relación al señor Herbert Eustace Rodhes, tengo aquí, sobre la mesa, unos poderosísimos indicios que lo incriminan. ¿Ve usted esas monografías científicas, y todos estos ejemplares del Times de los últimos meses? Algo me rondaba por la cabeza y no he tardado mucho en localizar los que me interesaban. El ilustre señor Rodhes, quien, por cierto, iba muy pronto a ser distinguido por Su Majestad con el título de caballero, escribe regularmente artículos para la Royal Society sobre mecanismos de relojería que permitan guiar a los telescopios de forma que a la viejas capacidades de las lentes se añadan las nuevas potencialidades de la técnica fotográfica.

"Bien poco me interesan, ya lo sabe usted, la clasificación y naturaleza de los astros, que me resultan mil veces menos fascinantes que los misterios que anidan en el comportamiento humano; pero es forzoso reconocer que tanto la tecnología óptica sobre la que tiene su tradicional substrato la astronomía como los nuevos aditamentos fotográficos y mecánicos a ésta primera sobre los que trataban los estudios de Rodhes sí pueden, fácilmente, aplicarse a parcelas de la experiencia humana mucho más próximas a mis objetos de estudio, así que leí sus trabajos con considerable atención. Lo bastante para que las lógicas peculiaridades de estilo que todo escritor, técnico o no, presenta, se quedaran marcadas en mi memoria.

"Y aquí paso a explicarle la utilidad de todos esos cientos de números atrasados del Times que abarrotan la mesa para disgusto, sin duda, de la señora Hudson, que pensará que a las peculiaridades de mi temperamento se ha añadido una excentricidad análoga a la de Dirty Dick, aquel célebre orate del East End que se encerró en su casa con una docena de gatos y decenas de quintales de periódicos viejos a resultas de un desengaño amoroso, sin que volviera a vérsele salir a la calle, ni cambiarse de ropa, el resto de su vida, lamentable anécdota de la que el notable señor Charles Dickens sacó inspiración para una de sus novelas, según dicen.

"No seguiré por este lamentable camino de digresiones propias de un anciano; resumiré diciendo que en los últimos meses se han recibido en el Times una serie de cartas de un autor desconocido, cuyo tono ha ido pasando del moderado al amenazador, quejándose del ruido que causan los infantes llorones por toda la City, ruido agudo y persistente que estorba las actividades de los honestos artesanos. Pero usted conoce bien las habituales actividades comerciales del orgulloso corazón de nuestro Imperio, y el ruido que generan las cervecerías, fundiciones, talleres de tintes y encurtidos, y fábricas de pólvora con ocasionales, pero no infrecuentes deflagraciones accidentales, podría, en sentido figurado pero casi exacto, levantar a un muerto de su tumba.

"¿De qué se quejaba entonces nuestro desconocido corresponsal, que por cierto, firmaba bajo el pseudónimo "Antipáter", que en latín, le aclaro, podría ser traducido por "En contra del padre"? Las componentes de un sonido son intensidad y timbre, Watson. No podía ser de la intensidad del sonido, era obvio, puesto que ni el llanto más voluntarioso del mítico retoño de Gargantúa destacaría especialmente sobre el tumulto de las factorías de esta ciudad. Sólo podía entonces ser del timbre.

"¿A qué artesano puede molestar en su tarea un continuo sonido agudo? Pocos fabricantes de instrumentos musicales hay en Londres, Watson; y de esos pocos luthiers, ninguno con la evidente cultura que nuestro desconocido Antipater demuestra en sus diatribas del Times. No demoraré más lo que ya debe resultarle obvio: el pseudónimo Antípater oculta realmente al ilustre relojero y proveedor de Palacio, el pronto caballero, Herbert E. Rodhes. Un cuidadoso estudio comparado de ciertos modismos encontrados en sus publicaciones en la Royal Society que igualmente están presentes en estas extrañas misivas lo establece sin lugar a dudas. A ello le añadiré un detalle curioso: el pesudónimo Antípater es otra acepción del nombre bíblico Antipas, el sobrenombre familiar del infame rey de la época del Nuevo Testamento que decretó la persecución sobre los recién nacidos, cuyo nombre sabe usted bien, Watson.

"Y claro está, el nombre de nuestro sospechoso bien puede escribirse como H. E. Rodhes. Una pista muy sencilla que agradezco sinceramente a nuestro enemigo, aunque estoy seguro de que lo hubiera localizado aún sin estos acertijos pueriles.

"¿Está esta concurrencia de pruebas completa? No, desde luego. Aunque creo que podré convencer a un tribunal de que estas cartas fueron escritas, según las descripciones que se coligen de ellas, justo en el sector de Londres donde H. E. Rodhes tiene su taller, y de que fueron escritas por él, alguien se podrá preguntar por qué un respetable y estable artesano en la cima de su carrera podría desencadenar por toda la metrópoli un horror tan cruel y concienzudo sin beneficio aparente por su parte.

"Verá, es de dominio público el encargo del Gabinete del Lord Mayor de Londres para dotar de un nuevo carillón la torre del reloj de las Casas del Parlamento, como regalo a la Reina por su Jubileo. La adjudicación de tan magna obra está pendiente de un concurso al que optan los afamados relojeros Pathek et Philippe, de Ginebra, Tik, Tak and Toe, de Birmingham, y nada menos que nuestro amigo H. E. Rodhes, de Londres. En cinco meses se evaluarán modelos de prueba presentados por las tres casas, aunque por obvios motivos de orgullo nacional, se da por seguro que el jurado se decantará por uno de los dos constructores británicos.

"¡Y la prueba no será, principalmente, de perfección mecánica, que en tan prestigiosos talleres se da por segura! ¡Será sobre todo de calidad y perfección de ejecución musical de los cientos de campanas tubulares del tipo Oldfield de los que se compone todo carillón mecánico moderno! Entre el jurado se encontrará, entre otros, el reputado e implacable crítico musical Sir Martin Inthefields, que está considerado como una de las contadísimas personas del mundo con un oído musical perfecto, y que, por cierto, se mostró esperanzadoramente compasivo con una de mis interpretaciones al violín de las más famosas sonatas de Tartini.

"¿Se imagina qué pasaría si en la audición de Sir Martin uno de los carillones resultara estar mal afinado, por ejemplo, en las notas más agudas? Afinar a la perfección una campana es mucho más difícil que afilar un violín, Watson. No es un simple tensado de trastes. Su estructura entera, su longitud, hasta su composición deben cambiarse de una forma increíblemente cuidadosa, atentos a la más mínima vibración. Un proceso laborioso, de fundido, limado y enfriado, que puede llevar meses, y que, oh, casualidad, he descubierto esta mañana con la ayuda de mi violín, un diapasón y el vigoroso lactante de la vecina de enfrente que puede quedar interferido por el llanto de un niño londinense justo en las notas más importantes de la melodía tradicional "Oh, my sweet beefcake with picadilly", que será el tema a ejecutar en la prueba decisiva.

"He estado rondando por los muelles del Támesis al mediodía, hábilmente disfrazado de barragana tuberculosa con trenzas y un mozo del taller de Rodhes me ha confirmado que llevan probadas y tiradas más de dos docenas de campanas de tono "Si bemole hipervibratto de contratenore bambino berreanti", en un bronce de la mayor calidad y muy caro y frágil.

"Un problema que mucho me temo no van a sufrir los competidores, puesto que el floreciente desarrollo minero del norte de Inglaterra hace que el noventa por ciento de los bebés de Birmingham, donde se asienta Tik, Tak and Toe, uno de los rivales de nuestro relojero, sean en mayor o menor grado asmáticos, con consecuencias mortales sólo en la mitad de los casos gracias al progreso de la ciencia; en cuanto a Pathek et Phillipe, el contendiente suizo, ya hace casi cien años que el genial Goethe, en un opúsculo poco conocido de su famoso "Viaje a Italia" y titulado "Die bestialen infanten chillonen alpinen und die abueliten von Heidi und die kapren que los truhen al munden, kohonen" señalaba que los niños de los cantones alpinos, debido a las alturas y claros aires de su nacimiento, y a su dieta casi exclusiva de leche, queso y panecillos blancos, presentan una especial complexión pulmonar de una escala diferente a la musical ordinaria, que les permite lanzar gorgoritos ultrasónicos de estilo tirolés y lanzarse a las cascadas más caudalosas mientras se pelean agarrados a las perillas de sus enemigos sin sufrir daño ni perecer por sofocación, técnica ésta que, por otra parte, tuve ocasión de aprender durante mis viajes por el Himalaya. Volviendo a lo nuestro, por molestos que puedan ser los sonidos de los niños suizos, no interferirán con las tonadas tradicionales inglesas cuyas notas han de ser examinadas.

"Comprendamos la situación de nuestro hombre, alejado por la peculiar situación demográfica de nuestro vitalista Londres de lo que sería la culminación de su carrera; separado del triunfo definitivo, de la gloria, por una patulea de bocas chillonas. No nos cabe a nosotros juzgar su acción, que al fin y al cabo, fue impulsada por ese poso de locura que subyace en todos los que nos sentimos poseídos por entero por una pasión de algo más grande que nosotros mismos, por ese concepto esquivo y privado a la mayoría de los mortales como lo es el sonido de una fina campanilla de cristal en medio del bullicio de una metrópoli. Por la fuerza de su impulso, por la sofisiticación de sus artificios, no puedo dejar de reconocer en él a un alma hermana a la mía, por mucho que la decencia y mi sentido de la justicia no quiera dejar sus horrores impunes.

"No me cabe duda de que un registro cuidadoso de su taller encontrará las pruebas necesarias; ya este mediodía he encontrado piezas inconfundibles de esos juguetes asesinos entre la escoria de sus fraguas; pero incluso sin eso estoy seguro de que podremos llevarlo a prisión, y seguramente a la horca, a poco que el tribunal que nos encontremos sea mínimamente lógico.

"Porque muy pocos, en Inglaterra, en el mundo entero, aparte de él, tienen la habilidad para un complot así, pero él, además, Watson, él, era el único que tenía un móvil.



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escrito por Ignacio Egea @ 2:50 p. m.  
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