Hombrecillos verdes
Una visita en clave de humor a las imágenes clásicas de la ciencia ficción.
miércoles, octubre 19, 2005
Busca la belleza, es la Única rebelión...
El NGSE desplegó su antena de baja ganancia. Posicionó los impulsores
de aterrizaje. Se preparó para salir de órbita. Su Inteligencia
Artificial incorporada inició todos los cálculos necesarios: no le
llevó mucho tiempo. Ya estaban muy lejos los primeros pasos de la
exploración del Sistema Solar, en las que las sondas robot llegaban a
sus destinos a través de mil pasos de un delicado ballet gravitacional
llenos de carambolas. Las sondas modernas tenían una capacidad de
impulso casi indefinida, que podían gastar yendo de un lado para otro
si las nuevas misiones lo requerían. Y últimamente eran tan baratas
que estaban al alcance de muchas instituciones que, no necesariamente,
habían de tener objetivos científicos o militares.

Décadas antes, a cuatro mil millones de kilómetros de distancia, en
una Tierra bañada por el Sol y a veces velada por las nubes, la niña
desplegaba sobre su cama las fotos que el padre le había traído.
Mundos redondos y de vivos colores como una pizza; la nítida y rallada
curvatura de los anillos; una piel de melón en los límites del
Cinturón de Kuiper, suavemente marcada por leves líneas oscuras
difundiéndose.

-Son géiseres. En Tritón hace tanto frío que el Nitrógeno cumple la
misma labor que en la Tierra el agua hirviendo, y sale con toda la
fuerza del vapor por los agujeros de la corteza, hacia el cielo.

-Y en Ío es el azufre ¿no, abuelo?- le contestó la niña, señalando
una foto y otra, con cuidado de que el gotero insertado en su brazo no
las desplazara.- Son preciosas.

-Sí, lo son. Ahora puedes bajarlas de cualquier lado, de Internet, del
móvil. Pero estas son especiales; las trajo un astrónomo un día a mi
clase, y nos habló de todos aquellos mundos, que sólo un poco antes
eran puntos de luz en un telescopio y de repente se habían convertido
en lugares hermosos por los que pasear en sueños. Repartió unas
cuantas entre los niños; las más grandes, la señorita las puso en la
pared, donde poco después ya nadie las miraba, salvo yo. Me las llevé
a final de curso, y algunas la salvé de la basura. Esas arrugadas de
ahí. ¿Cómo puede alguien ver una cosa así y decidir tirarla? Mira
los colores de Ío, las suaves manchas frías de las nubes de Neptuno.

-Sí, son preciosas. Pero son antiguas, y algunas, como tomadas con
prisa: esta de Amaltea está desenfocada. Ahora habrá fotos mucho
mejores ¿no?. Hay naves enviadas por todos sitios, lo leí el otro
día.

-Sí, pero no. Las fotos de galaxias son un poco más modernas, de un
telescopio muy bueno que había en el espacio, antes de que tú
nacieras. Pero después de esas, casi no hay ninguna. Estas fotos
viejas son hermosas un poco por casualidad; sabíamos tan poco de
aquellos mundos que unas simples imágenes nos aportaban mucho. Pero
ahora que ya se sabe qué aspecto tienen, la información que se busca
es otra, y no siempre es en luz visible. Medidores de partículas,
rayos X, cosas así. El infrarrojo es útil, y si te acostumbras tiene
su propia belleza; pero no es como recorrer un paisaje con los pasos de
tu imaginación.
" Pero claro, mandar una nave espacial hasta allí cuesta muchos
años y mucho dinero; se busca información científica, no belleza. Y
da un poco de pena.

-A mí también me da. Qué lata. Mira las revistas que me ha traído
la abuela, sobre Macchu Picchu, sobre el Polo Norte, sobre el fondo del
mar, y también el desierto. También me gustan, y las fotos son muy
bonitas. Me contó la abuela que esta revista, hace muchos años,
mandaba por el mundo a exploradores y científicos de verdad, que
buscaban cosas que nadie había visto, ciudades perdidas y ríos en la
selva, y eso. Ahora, en cambio, mandan fotógrafos a hacer fotos
bonitas por todo el mundo, y la gente sigue comprando la revista.
Podía haber también una revista de fotos del espacio. Me gustaría
tanto ver una foto de Plutón, otra de Sedna...

-Sí, fue una lástima que la Voyager 1 se desviara a Titán para luego
no ver nada más que nubes. Si no, podría haberlas hecho. Pero todo
llegará, en unos años verás Plutón, y también Caronte.

Plutón, dios de un mundo postrero y más oscuro. Ni la niña ni el
abuelo llegaron a ver sus fotos, ni, como ellos, tantos otros que las
esperaban. Pero eran legión, que compraban revistas, viajaban con la
imaginación desde sus sillones, y ansiaban más imágenes; a veces sus
hijos heredaban aquel legado de sueño y curiosidad.

Desde el punto de vista de un editor, había demanda.

Y con el abaratamiento de la exploración espacial llegó el turno a
una nueva generación de sondas de financiación privada, y décadas
después el octavo explorador robótico de la National Geographic
decayó de su órbita en torno a Tritón buscando sólo fotos, buscando
la belleza.

Pero no se puede encontrar lo que no se reconoce. La IA del National
Geographic Solar Explorer estaba desarrollada para entenderla, para
buscarla, para no tener otro objetivo sino ella. En su camino hacía
los límites exteriores del Sistema Solar había tomado muchas
decisiones autónomas, a veces inexplicables, que los controladores
desde la Tierra no podían anular, y a duras penas discutir: ¿Valió
la pena el riesgo de cruzar los Anillos de Saturno? ¿era hermosa
aquella serie animada del terminador de Japeto? La crítica era
insegura, subjetiva. Y de todas maneras, la autonomía del NGSE era
inquebrantable.

Fotos espectaculares de los géiseres de Nitrógeno, sobre un cielo
azul nocturno, destacado sobre un borde gris, verde, de vetas de hielo
y roca. Hermoso y aterrador, un entorno inseguro. La Trito Lander de la
Nasa había resultado dañada, y perdido casi todo contacto con la
Tierra, muchos años antes, por orbitar demasiado cerca de un penacho
de gas que fue mucho más alto y fuerte de lo que nadie podía haber
supuesto.

Pero el NGSE era treinta años más moderno, dos mil veces más
inteligente y fiable. Se posó incólume a unos kilómetros del geiser
más activo, y fue alejándose de él a pequeños saltos, hasta
encontrar un encuadre adecuado de la erupción, de la orografía, del
horizonte. Al fin encontró la posición perfecta.También había que
tener en cuenta la luz: el exiguo Sol aún estaba demasiado bajo.
Esperaría; entre tanto, memorizaría la posición y se acercaría a
hacer unas fotos de aquella roca lejana de extraña forma que había
detectado un poco más lejos.

Así el NGSE encontró a la Trito Lander, mejor dicho, la Madison. Pese
a los daños, había logrado aterrizar y enviar una señal a la Tierra.
Poco más pudo hacer, y de ella nunca se recibió información
científica útil. Sus controladores del JPL se conformaron con
bautizarla Madison Memorial Station, en homenaje a uno de ellos
fallecido recientemente, y tras unas semanas abandonaron para siempre
la escucha. Y entre la nieve criogénica se quedó la Madison, y nunca
supieron, aunque alguno lo sospechara, que lo único dañado de ella
era el sistema de trasmisión, y que la sonda trabajaba.

Su reactor nuclear la había alimentado durante treinta años de
recopilar datos, y la mantendría activa algunos más. Gigas de datos
de información bullían en su memoria, y aunque mucho más antigua,
era lo bastante inteligente para saber que no habían sido recibidas,
que su misión no se había completado, y un antiguo protocolo
obligatorio en todas las sondas le permitió solicitar a la NGSE su
ayuda como repetidor: un atavismo automatizado de cuando las primeras
sondas sobre el suelo de Marte se apañaban para mandar sus datos
usando el primer satélite que aparecía sobre el horizonte.

¿Quién puede decir lo que piensa una IA verdadera, como la del NGSE?
Tal vez supiera que los datos que estaba recibiendo eran innecesarios
hace mucho. Aún así, los recibió y reemitió. Una leve interrupción
en su misión, una anécdota que seguramente resultaría interesante a
los lectores y usuarios del canal por cable: el hallazgo de la sonda
perdida como los antiguos exploradores encontraban ruinas antiguas, o
pecios de naufragios. Nadie se preocupó en Tierra cuando los datos
recibidos del NGSE fueron, durante un tiempo, las obsoletas mediciones
de la Madison, ni cuando después las fotos siguientes no fueron de los
espectaculares geiseres, ni del pálido azulado Neptuno sobre el
horizonte, sino largas series de encuadres de una sonda semienterrada
en la nieve, inmóvil, con su generador exánime y su electrónica
moribunda.

Durante un tiempo que se convirtió en meses, y luego en años. Y una
imagen tras otra de la antigua sonda, con diferentes luces y diferentes
ángulos, y filtros que favorecían los matices. Su utilidad
cartográfica, programada para ir bautizando los accidentes que
encontrara de forma automática con nombres de suscriptores y miembros
de la Sociedad Geográfica Nacional, bautizó todo aquel paraje de una
forma anómala: Madison ¿Quién sabe lo que hay dentro de una IA
avanzada?

Cuando un buscador experto de la belleza está tan seguro de haberla
encontrado ¿quién tiene autoridad para decir que se equivoca?

La Madison no duró mucho más, y al fin calló en su suave parloteo
que había durado tanto tiempo y nunca había podido atravesar el
espacio sin ayuda. El NGSE recogió y amplificó sus últimas palabras
binarias, y tras un tiempo inactivo, como reflexionando, aquella
inteligencia autónoma, al que sus controladores habían ya dado por
perdido merced a un extraño defecto de programación, hizo a su modelo
una última serie de fotos de despedida desde el cielo, mientras sus
impulsores lo alejaban de ella, en una potente serie de saltos, y al
fin le daban la vuelta para continuar su misión, encaminándolo hacia
el horizonte, para seguir fotografiando los géisers de Madison County.

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escrito por Ignacio Egea @ 12:23 p. m.  
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