Hombrecillos verdes
Una visita en clave de humor a las imágenes clásicas de la ciencia ficción.
sábado, abril 08, 2006
Fulano, el apóstata.

Al tercer día salimos de la tierra, con las manos y unos maderos a modo de pala despejamos el derrumbe nosotros solos. Nos extrañó que nadie se diera cuenta de que habíamos quedado atrapados en la vieja cripta de la iglesia cuando hacíamos las obras, que nadie hiciera por rescatarnos. Cuando salimos a la luz, nadie nos recibió, nadie nos esperaba. No quedaba nadie en un mundo desierto, ni vivo ni muerto. Estaban vacías y excavadas hasta las tumbas más antiguas.

"La Resurrección de los muertos", dijo el cura. Por algún inexplicable error, dijo, había llegado y terminado, y con ella el Juicio Final y el Fin del Mundo. Y nos habíamos quedado varados, él, el último cristiano de la Tierra, y los dos últimos ateos. Error no podía ser, se acabó diciendo. Era una señal; una tercera venida acontecería cuando todos los hombres que quedaban se convirtieran. Estaba claro quiénes éramos.

Desde entonces nos persigue. No tenemos otra cosa que hacer en todo el día que huir de él. Por algún extraño motivo, no sufrimos hambre ni cansancio. Pero sí aburrimiento, y él ha intentado argumentarnos una y otra vez, persuadirnos, convencernos, machacona, incansablemente. Nos escondemos y siempre nos encuentra; intentamos huir de esta aldea perdida en la montaña y por algún extraño motivo todos los pasos, todos los caminos nos conducen de vuelta.

A todas horas lo oíamos gritar, cantar, rezar, con una voz potente y entonada que el eco nos transmitía hasta el último roquedo de esta sierra y le oíamos llamar a mi compañero "Juliano, Juliano", rogar por él, rezar por él, dedicar a su conversión todos los responsos, por Juliano, por Juliano, sin dejarnos muchas veces descansar ni dormir, con aquel nombre cayendo sobre nosotros desde el cielo, como una plaga bíblica.

Juliano al fin no pudo soportarlo; un día lo vi caer, entre grandes piedras y cascotes, de lo alto del campanario. Se estrelló en la plaza, a los pies del cura, que lo andaba buscando. Un suicidio, tal vez, o un atentado contra su perseguidor, fallido por el derrumbre de la vieja estructura. El cura recogió su último aliento, le dio el viático y gritó en voz alta que era arrepentido y salvo, tras lo cual lo enterró y se puso a doblar por él la vieja campana que quedaba.

Por lo menos ahora sé que de aquí se puede salir muriendo. No he llegado a pensar en intentar matar a nadie. Gracias a Dios, mi situación es mejor que la de Juliano. Oigo ahora día y noche doblar las campanas, la única forma en la que puede llamar mi atención, una forma más asimilable al ruido de fondo, menos urgente que otras que quisiera usar.

Porque es verdad, en cierto modo, que el que emplea tu nombre tiene cierto poder sobre ti, pero nunca oigo que invoque el mío en sus rezos ni en sus gritos. Porque no lo sabe, porque nunca lo dije, porque no figura en ninguna de sus partidas de bautismo, y las campanas doblan, mudas e inermes, por Fulano, el apóstata.

Y las campanas se acaban desgastando, pero lo desconocido es eterno.

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escrito por Ignacio Egea @ 1:14 p. m.  
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